La reacción del sistema límbico es inmediata, se sucede una descarga de sustancias en milésimas de segundos en que el organismo percibe un estimulo que le provoca una emoción. Un tumulto de sensaciones que vienen desde la amígdala (en el sistema límbico) transforman un estado emoción en otro. La alegría, el miedo, la ira, la tristeza, la sorpresa, y el asco son reconocidas como las emociones universales en el ser humano. Aunque hay diversas definiciones es común aceptar la siguiente: “Una emoción es un estado psicológico complejo que implica tres componentes distintos: una experiencia subjetiva, una respuesta fisiológica, y una respuesta conductual o expresiva”, ( Hockenbury y Hockenbury, 2007). Hace un año la mayoría de nosotros estábamos en un estado permanente de alerta ante la amenaza inmediata del Coved-19 y transitamos especialmente el miedo, por ejemplo cuando sabíamos que una persona cercana había dado positivo. Nuestro cerebro reaccionaba con desazón, inquietud, dificultad para dormir, para concentrarnos y probablemente nuestra tendencia era a actuar, investigando y viendo cualquier noticia que nos llegaba o negando sin querer saber nada de la enfermedad. Hoy sabemos más, pero la percepción subjetiva de que la infección por coronavirus puede significar morir nos hace reaccionar igualmente con profundo temor. Y este temor nos hizo hace un año y ahora, no tanto, tomar medidas de precaución para no infectarnos. De esta forma el miedo (la emoción) cumple su función adaptativa y protectora como el resto de las emociones, inclusive la cólera, a la que le debemos tantos avances de la humanidad porque puede estar a la base de una conducta para provocar el cambio, pero también puede causarnos muchos problemas especialmente en las relaciones interpersonales.
La alegría ante sucesos agradables, la tristeza ante las perdidas, el susto o sorpresa que puede tomar un cariz amable que se acerca a la alegría conforman ese conjunto de reacciones que nos hace tan exquisitamente humanos. Emociones, la palabra mágica. Las emociones no siempre se dan puras y es posible que después deriven en sentimientos, que son más durables. Ahora, en estos tiempos extraños es importantes tener presente la vida emocional, procurarnos momentos de alegría, tener extensos y frecuentes momentos de fluidez, de paz, para darle la oportunidad al organismo de recuperarse de la descarga de cuando sentimos excesiva tensión. Sin embargo no se trata de estar en estado de buen humor y positividad (La tiranía del positivismo, dice la psicóloga Esther Perel) sino de llegar a tener mucha conciencia de lo que sentimos, atentos a las emociones que expresan los demás para armonizar y responder de acuerdo a lo que nos está tocando vivir, dolor, miedo, disgusto, entre otras. No es fácil. Frecuentemente el cansancio, la irritabilidad hacen que las emociones estén a flor de piel y que nuestras emociones nos metan en problemas y que nos alejemos del balance a pesar de la incertidumbre y de los tiempos difíciles que vivimos.